Haz bien sin mirar a quien

Si cada día haces el bien y no miras a quien, tu vida mejorará. Sales de tu casa con el corazón abierto y, a cualquier persona que veas, la ayudas desde la bondad. Porque la bondad es siempre recompensada. Porque ya se sabe que el bien vence al mal, inevitablemente (¡solo hay que ver las películas de Superman!).

Este dicho popular nos invita a que no miremos a quién: simplemente hay que ir por la vida salvando a la gente, siendo buenos, relacionándonos desde el amor y la ternura… Y todo irá bien.
Pero NO es cierto.

Cuál es la creencia que sostiene esta idea

La creencia que está detrás de esta idea es que deberíamos relacionarnos con los demás desde la bondad, desde la ayuda continua, presuponiendo que nosotros sabemos perfectamente lo que los otros necesitan. Presupone que debemos ser bondadosos y relacionarnos desde el corazón, o sea, desde lo que sentimos. Pero como los sentimientos no son estables, nos anima a relacionarnos desde un lugar que cambia continuamente a lo largo del día, ¡una imprudencia!

Relacionarnos desde la bondad muy a menudo se entiende como algo “sensiblero”, dulzón, meloso. Algo que nos lleva a no poder decir nunca que no, que siempre está sonriendo, que no puede ser enérgico y decir “¡basta!”… Esta creencia nos anima a ayudar sin mirar a quien, como ese muchacho que se metía en las cabinas telefónicas, se quitaba el jersey y salía volando con un puño en alto… Sí, porque esta idea nos dice que hacer el bien sin mirar a quien es lo mejor que podemos hacer. Lo que nos dice es que tú eres la persona adecuada para ayudar siempre, en todo momento y a cualquier persona… ¡y que eso tendrá su recompensa!

Pero todo lo anterior es erróneo. ¿Y cómo sabemos que es erróneo? Porque nos hace sufrir.

¿Y que es lo que sí es verdad?

La pura verdad es que yo no sé lo que es bueno para ti, y, por lo tanto, no debo decidirlo por ti. Por consiguiente, si tu no me preguntas no puedo contestarte. Si tú no me pides ayuda, aunque yo crea tener la respuesta, no puedo dártela. Pero si yo no puedo contenerla, quiere decir que quien necesita ayuda soy yo. Porque soy un incontinente y debería hacer terapia para poder respetar el tiempo y el derecho al error de los demás.

No amigos: hacer bien a los demás no es tratarlos siempre entre algodones y buen rollito. Hacer el bien a los demás -en realidad- significa respetar su derecho a equivocarse, su derecho a que no se interfiera en sus vidas, su derecho a ser respetados, su derecho a que no se metan con ellos… Uno de los errores más grandes de la relación entre las personas es no permitirles vivir la consecuencia de tus errores, porque las salvo antes. Y eso es no respetar, impedir que puedan aprender de sus propios errores. No le permite crecer a las personas, les quitamos su libertad, su libre albedrío.

Es bueno recordar a los “benefactores compulsivos” que, antes de lanzarnos a ayudar a alguien, debemos entender que solo podemos hacerlo cuando se cumplen tres criterios:

Primero: que la persona me pida ayuda: si no me pide ayuda yo no debo ayudar.

Segundo: que me pide ayuda por algo que él o ella no pueda hacer.

Tercero: que la ayuda sea por algo que me corresponda, que yo esté en condiciones de dar, algo que en nuestra relación sea lógico.

Remarcamos estas tres normas de ayuda, porque no se trata de ayudar a cualquier persona y en cualquier circunstancia, sino de ayudar con criterio; comprendiendo que hacer el bien a las personas es buscar su máximo bien posible. No siempre es decirles que sí: muchas veces decirles que no. Las personas que son incapaces de decir que no, su “sí” no tiene ningún tipo de valor. Podríamos decir que cuando dicen que sí no están siendo buenas, sino cobardes. Por eso, las personas cobardes deberían aprender a callar un ratito, hasta tener la energía suficiente para poder decir no cuando toca decir no –aunque resulte incómodo- y lo mismo cuando toca decir que sí. Entonces sí que podrían ayudar y no antes.

Una observación. Cuando uno tiene la necesidad de hacer el bien, muy a menudo es que no se siente completo; de esa forma, al hacer bien a los demás se siente necesitado, se siente querido. Y es muy posible que entonces se establezcan relaciones con los demás con la intención de ser imprescindibles. Eso es hacer daño a los demás.

Esto pasa muchas veces con los padres y madres que, queriendo hacer bien a sus hijos, se creen indispensables. Y cuando los “niños” tienen cuarenta años siguen pensando que ellos tienen que darles a sus hijos lo mismo que les daban cuando eran pequeños.

Muchas veces queremos hacer el bien a los demás porque nuestra vida no está lo bastante completa. Si no fuera así veríamos que hemos aprendido a partir de los errores y, al ver los errores ajenos, sonreiríamos amorosamente y de forma respetuosa “porque yo también he pasado por ahí” y diríamos: “¡qué bien!, está avanzando. Si necesita ayuda ya me llamará y solo entonces se la brindaré…”

La realidad es que nosotros no podemos saber cuál es el bien para los demás. Solo podemos saber cuándo nos corresponde ayudar, si se dan esas tres normas de la ayuda.

Deberíamos saber que la bondad incluye la ternura, pero también la fortaleza; incluye el sí, pero también el no. Que un volcán y un terremoto son tan bondadosos como la brisa o un día de sol, y que en la naturaleza hay de todo, y nosotros no somos quienes para juzgar cuál es el bien y cuál es el mal. Por lo tanto, antes de querer hacer el bien a los demás, mejor dedicarnos a hacernos el bien a nosotros mismos. Porque cuando vamos salvando a los otros como supermanes es porque nosotros nos sentimos condenados, esa es la realidad.

Evita ser bueno hasta que no conquistes la sabiduría

El bien y la sabiduría son la misma cosa, sabiduría y amor son la misma cosa. ¿Te imaginas que les diéramos la llave del gobierno del mundo a niños y niñas de tres años con buena voluntad? ¡Sería un desastre!

Por lo tanto, hasta que nosotros no seamos capaces de relacionarnos con la realidad desde la sabiduría, cuantas menos interacciones no pedidas explícitamente tengamos mucho mejor, cuantas menos veces intentemos salvar a los demás mucho mejor, cuantas menos ideas geniales tengamos acerca de lo que es bueno para el mundo mucho mejor.

Es decir, las manos quietas: que el trabajo está dentro de mí, no fuera.

Verifícalo haciendo lo contrario

Todo lo que acabamos de explicar lo comprobaremos verificando que si haces lo contrario, la cosa se fastidia.

Si quieres comprobarlo, haz lo siguiente: busca a una persona a la que quieras ayudar o hacer el bien. Decide tú el bien que quieres hacerle, sin preguntarle. No te cuestiones si esa persona lo puede hacer por sí sola. No te preocupes acerca de si tú tienes las capacidades o no, y hazlo.

Por ejemplo: si a tu amiga le da un ataque de apendicitis, busca un tutorial en YouTube y opérala. Habrás comprobado que cuando ayudas sin sabiduría generas dolor. Habrás comprobado las tres normas de la ayuda. Habrás comprobado que solo hay que moverse cuando se saben las consecuencias de los actos. Y habrás comprobado que, antes de hacer el bien sí hay que mirar… ¡y mucho!